Dentro de toda la etapa de formación para el Diaconado Permanente , especialmente durante la primera etapa de disernimiento es común que el hombre interesado trate de buscar información , no es tan fácil, existen muy pocos libros.
A continuación les comentaré algunos puntos importantes que encontré en el "DIRECTORIO NACIONAL PARA LA FORMACIÓN, MINISTERIO Y VIDA DE LOS DIÁCONOS PERMANENTES EN ESTADOS UNIDOS" el cual fué elaborado por el Comité de obispos sobre el Diaconado de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos.
EL DISERNIMIENTO DEL LLAMADO
Disernimiento personal:
169. Las primeras señales de la vocación al diaconado se perciben en el ámbito personal y por lo general comienzan con la búsqueda de información sobre el diaconado y su formación. Aquí un individuo inicialmente reflexiona sobre la naturaleza de los que percibe como un llamado. Debe darse primacia en ese momento a la dimensión espiritual, en cuyo centro se encuentra la orientación espiritual. Toda jornada espiritual es personal e individual, por tanto requiere una orientación personal. El párroco y otros miembros del personal de la parroquia son recursos particulares en este momento.
Disernimiento familiar:
170. Como la mayoría de los interesados en el diaconado son casados, debe recomendársele que presten particular atención a comentar su posible vocación con sus esposas y sus familias. La información y las charlas iniciales con el párroco y otros deben ayudarlos y animarlos. Para un hombre casado , el apoyo y consentimiento de su esposa son necesarios. Por lo tanto, ambos esposos deben asegurarse de comprender claramente el significado de ese apoyo y consentimiento, aún en esta temprana etapa de disernimiento. Muchas regiones y culturas enfatizan la participación de los familiares. Ésta también es una importante consideración para el disernimiento.
Disernimiento de la Comunidad
171. La solicitud y eventualmente la aplicación para entrar a la formación diaconal no es solamente una jornada personal y familiar. La Iglesia debe acompañarla. La parroquia es la primera experiencia de la Iglesia para la mayoría de los interesados. es reponsabilidad de esta comunidad y, particularmente, de su párroco, invitar de entre sus miembros a aquellos que pueden estar calificados para servir como ministros ordenados de la Iglesia. Similarmente, aquellas agencias de la Iglesia y de la comunidad que con frecuencia cumplen la misión de caridad y justicia en la Iglesia, tienen una oportunidad única de invitar a candidatos apropiados de su personal.
Disernimiento Eclesial
172. Las averiguaciones sobre el diaconado y el proceso de formación finalmente incluyen a la Iglesia diocesana. Las sesiones de información, la exploración de los criterios para una vocación diaconal, y el consejo particular presentado por la oficina del Diaconado pueden ayudar a un individuo en una decisión de continuar con una solicitud formal.
Cuidadoso escrutinio
173. Cuando el interesado es presentado por su párroco y somete su solicitud, comienza el proceso formal de admisión. El disernimiento inicial continúa con particular énfasis en la capacidad y el potencial del solicitante para el ministerio ordenado. Tanto el solicitante como la iglesia diocesana entran en un intenso proceso de selección.
Estoy seguro que muchos de los que ahora están leyendo este artículo se encuentran dentro de la etapa de disernimiento, buscando información, tratando de entender con el intelecto si el Diaconado Permanente es lo que el Señor quiere para mí.
Quiero humildemente complementar estas etapas de disernimiento con la etapa de la Oración. Hay que pedirle al Señor que nos ayude en este momento tan importante, que sea Él quien nos apoye junto a su Madre, nuestra Madre la Santísima Virgen María.
Saludos en Cristo
miércoles, 17 de septiembre de 2008
viernes, 22 de agosto de 2008
EL DIACONADO EN EL CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO
A continuación se destacan los artículos relacionados con el Diaconado que se encuentran publicados en el Código de Derecho Canónico.Esta información puede ser de mucha utilidad para todos aquellos aspirantes al Diaconado Permanente
CIC 276
p.1 Los clérigos, en su propia conducta, están obligados a buscar la santidad por una razón peculiar, ya que, consagrados a Dios por un nuevo título en la recepción del orden, son administradores de los misterios del Señor en servicio de su pueblo.
p.2 Para poder alcanzar esta perfección:
1º. cumplan ante todo, fiel e incansablemente, las tareas del ministerio pastoral;
2º. alimenten su vida espiritual en la doble mesa de la sagrada Escritura y de la Eucaristía; por eso, se invita encarecidamente a los sacerdotes a que ofrezcan cada día el sacrificio eucarístico, y a los diáconos, a que participen diariamente en la misma oblación;
3º. los sacerdotes, y los diáconos que desean recibir el presbiterado, tienen obligación de celebrar todos los días la liturgia de las horas según sus libros litúrgicos propios y aprobados; y los diáconos permanentes han de rezar aquella parte que determine la Conferencia Episcopal;
4º. están igualmente obligados a asistir a los retiros espirituales, según las prescripciones del derecho particular;
5º. se les insta a que hagan todos los días oración mental, accedan frecuentemente al sacramento de la penitencia, tengan peculiar veneración a la Virgen Madre de Dios y practiquen otros medios de santificación tanto comunes como particulares.
CIC 290
Una vez recibida válidamente la ordenación sagrada, nunca se anula. Sin embargo, un clérigo pierde el estado clerical:
1º.por sentencia judicial o decreto administrativo, en los que se declare la invalidez de la sagrada ordenación;
2º. por la pena de dimisión legítimamente impuesta;
3º. por rescripto de la Sede Apostólica, que solamente se concede, por la Sede Apostólica, a los diáconos, cuando existen causas graves; a los presbíteros, por causas gravísimas.
CIC 294
Con el fin de promover una conveniente distribución de los presbíteros o de llevar a cabo peculiares obras pastorales o misionales en favor de varias regiones o diversos grupos sociales, la Sede Apostólica, oídas las Conferencias Episcopales interesadas, puede erigir prelaturas personales que consten de presbíteros y diáconos del clero secular.
CIC 517.2
Si, por escasez de sacerdotes, el Obispo diocesano considera que ha de encomendarse una participación en el ejercicio de la cura pastoral de la parroquia a un diácono o a otra persona que no tiene el carácter sacerdotal, o a una comunidad, designará a un sacerdote que, dotado de las potestades propias del párroco, dirija la actividad pastoral.
CIC 519
El párroco es el pastor propio de la parroquia que se le confía, y ejerce la cura pastoral de la comunidad que le está encomendada bajo la autoridad del Obispo diocesano, en cuyo ministerio de Cristo ha sido llamado a participar, para que en esa misma comunidad cumpla las funciones de enseñar, santificar y regir, con la cooperación también de otros presbíteros o diáconos, y con la ayuda de fieles laicos, conforme a la norma del derecho.
CIC 764
Quedando a salvo lo que prescribe el can. 765, los presbíteros y los diáconos tienen la facultad de predicar en todas partes, que han de ejercer con el consentimiento al menos presunto del rector de la iglesia, a no ser que esta facultad les haya sido restringida o quitada por el Ordinario competente, o que por ley particular se requiera licencia expresa.
CIC 767 p.1
Entre las formas de predicación destaca la homilía, que es parte de la misma liturgia y está reservada al sacerdote o al diácono; a lo largo del año litúrgico, expónganse en ella, comentando el texto sagrado, los misterios de la fe y las normas de vida cristiana.
CIC 835 p.3
En la celebración del culto divino los diáconos actúan según las disposiciones del derecho.
CIC 861 p.1
Quedando en vigor lo que prescribe el can. 530, n. 1, es ministro ordinario del bautismo el Obispo, el presbítero y el diácono
CIC 907
En la celebración eucarística no se permite a los diáconos ni a los laicos decir las oraciones, sobre todo la plegaria eucarística, ni realizar aquellas acciones que son propias del sacerdote celebrante.
CIC 910 p.1
Son ministros ordinarios de la sagrada comunión el Obispo, el presbítero y el diácono.
CIC 929
Al celebrar y administrar la Eucaristía, los sacerdotes y los diáconos deben vestir los ornamentos sagrados prescritos por las rúbricas.
CIC 930
p.1 El sacerdote enfermo o anciano, si no es capaz de estar de pie, puede celebrar sentado el Sacrificio eucarístico, observando siempre las leyes litúrgicas, pero no con asistencia de pueblo, a no ser con licencia del Ordinario del lugar.
p.2 El sacerdote ciego o que sufre otra enfermedad puede celebrar el Sacrificio eucarístico con cualquier texto de la Misa de entre los aprobados, y con asistencia, si el caso lo requiere, de otro sacerdote o diácono, o también de un laico convenientemente instruido, que le preste ayuda.
CIC 943 Es ministro de la exposición del santísimo Sacramento y de la bendición eucarística el sacerdote o el diácono; en circunstancias peculiares, sólo para la exposición y reserva, pero sin bendición, lo son el acólito, el ministro extraordinario de la sagrada comunión u otro encargado por el Ordinario del lugar, observando las prescripciones dictadas por el Obispo diocesano.
CIC 1008
Mediante el sacramento del orden, por institución divina, algunos de entre los fieles quedan constituidos ministros sagrados, al ser marcados con un carácter indeleble, y así son consagrados y destinados a apacentar el pueblo de Dios según el grado de cada uno, desempeñando en la persona de Cristo Cabeza las funciones de enseñar, santificar y regir.
CIC 1009
p.1 Los órdenes son el episcopado, el presbiterado y el diaconado.
p.2 Se confieren por la imposición de las manos y la oración consecratoria que los libros litúrgicos prescriben para cada grado
CIC 1016 Por lo que se refiere a la ordenación de diáconos de quienes deseen adscribirse al clero secular, es Obispo propio el de la diócesis en la que tiene domicilio el ordenado, o el de la diócesis a la cual ha decidido dedicarse; para la ordenación presbiteral de clérigos seculares, es el Obispo de la diócesis a la que el ordenando está incardinado por el diaconado
CIC 1025
p.1 Para la lícita ordenación de presbítero o de diácono se requiere que, tras realizar las pruebas que prescribe el derecho, el candidato reúna, a juicio del Obispo propio o del Superior mayor competente, las debidas cualidades, que no le afecte ninguna irregularidad o impedimento, y que haya cumplido los requisitos previos, a tenor de los cann. 1033–1039; es necesario, además, que se tengan los documentos indicados en el can. 1050, p.1, y que se haya efectuado el escrutinio prescrito en el can. 1051, p.2.
p.2 Se requiere también que, a juicio del mismo legítimo Superior, sea considerado útil para el ministerio de la Iglesia.
p.3 Al Obispo que ordena a un súbdito propio destinado al servicio de otra diócesis debe constarle que el ordenando quedará adscrito a esa diócesis.
CIC 1032
p.1 Los aspirantes al presbiterado sólo pueden ser promovidos al diaconado después de haber terminado el quinto año del ciclo de estudios filosóficos–teológicos.
p.2 Después de terminar los estudios, el diácono debe tomar parte en la cura pastoral, ejerciendo el orden diaconal, antes de recibir el presbiterado, durante un tiempo adecuado que habrá de determinar el Obispo o el Superior mayor competente.
p.3 El aspirante al diaconado permanente no debe recibir este orden sin haber cumplido el tiempo de su formación.
CIC 1034
p.1 Ningún aspirante al diaconado o al presbiterado debe recibir la ordenación de diácono o de presbítero sin haber sido admitido antes como candidato por la autoridad indicada en los cann. 1016 y 1019, con el rito litúrgico establecido, previa solicitud escrita y firmada de su puño y letra, que ha de ser aceptada también por escrito por la misma autoridad.
p.2 Este rito de admisión no es obligatorio para quien está incorporado por los votos a un instituto clerical.
CIC 1035
p.1 Antes de que alguien sea promovido al diaconado, tanto permanente como transitorio, es necesario que el candidato haya recibido y haya ejercido durante el tiempo conveniente los ministerios de lector y de acólito.
p.2 Entre el acolitado y el diaconado debe haber un espacio por lo menos de seis meses.
CIC 1036
Para poder recibir la ordenación de diácono o de presbítero, el candidato debe entregar al Obispo propio o al Superior mayor competente una declaración redactada y firmada de su puño y letra, en la que haga constar que va a recibir el orden espontánea y libremente, y que se dedicará de modo perpetuo al ministerio eclesiástico, al mismo tiempo que solicita ser admitido al orden que aspira recibir.
CIC 1037
El candidato al diaconado permanente que no esté casado y el candidato al presbiterado no deben ser admitidos al diaconado antes de que hayan asumido públicamente, ante Dios y ante la Iglesia, la obligación del celibato según la ceremonia prescrita, o haya emitido votos perpetuos en un instituto religioso.
CIC 1038
No puede prohibirse el ejercicio del orden recibido a un diácono que rehúse recibir el presbiterado, a no ser que esté afectado por un impedimento canónico o por otra causa grave que debe juzgar el Obispo diocesano o el Superior mayor competente.
CIC 1050 Para que alguien pueda acceder a las sagradas órdenes se requieren los siguientes documentos:
1º. el certificado de los estudios realizados a tenor del can. 1032;
2º. tratándose de la ordenación de presbíteros, el certificado de que han recibido el diaconado;
3º. tratándose de la ordenación de diáconos, el certificado de bautismo y de confirmación, así como de que han recibido los ministerios a los que se refiere el can. 1035; y asimismo el certificado de que han hecho la declaración prescrita en el can. 1036, y, si se trata de un casado que va a ser promovido al diaconado permanente, los certificados de matrimonio y de consentimiento de su mujer.
CIC 1108
p.1 Solamente son válidos aquellos matrimonios que se contraen ante el Ordinario del lugar o el párroco, o un sacerdote o diácono delegado por uno de ellos para que asistan, y ante dos testigos, de acuerdo con las reglas establecidas en los cánones que siguen, y quedando a salvo las excepciones de que se trata en los cann. 144, 1112 p.1, 1116 y 1127 PP 1 y 2.
p.2 Se entiende que asiste al matrimonio sólo aquel que, estando presente, pide la manifestación del consentimiento de los contrayentes y la recibe en nombre de la Iglesia.
CIC 1111
p.1 El Ordinario del lugar y el párroco, mientras desempeñan válidamente su oficio, pueden delegar a sacerdotes y a diáconos la facultad, incluso general, de asistir a los matrimonios dentro de los límites de su territorio.
p.2 Para que sea válida la delegación de la facultad de asistir a los matrimonios, debe otorgarse expresamente a personas determinadas; si se trata de una delegación especial, han de darse para un matrimonio determinado; y si se trata de una delegación general, debe concederse por escrito.
CIC 1112
p.1 Donde no haya sacerdotes ni diáconos, el Obispo diocesano, previo voto favorable de la Conferencia Episcopal y obtenida licencia de la Santa Sede, puede delegar a laicos para que asistan a los matrimonios.
p.2 Se debe elegir un laico idóneo, capaz de instruir a los contrayentes y apto para celebrar debidamente la liturgia matrimonial.
CIC 1116
p.1 Si no hay alguien que sea competente conforme al derecho para asistir al matrimonio, o no se puede acudir a él sin grave dificultad, quienes pretenden contraer verdadero matrimonio pueden hacerlo válida y lícitamente estando presentes sólo los testigos:
1º. en peligro de muerte;
2º. fuera de peligro de muerte, con tal de que se prevea prudentemente que esa situación va a prolongarse durante un mes.
p.2 En ambos casos, si hay otro sacerdote o diácono que pueda estar presente, ha de ser llamado y debe presenciar el matrimonio juntamente con los testigos, sin perjuicio de la validez del matrimonio sólo ante testigos.
CIC 1169
p.1 Pueden realizar válidamente consagraciones y dedicaciones quienes gozan del carácter episcopal, y también aquellos presbíteros a los que se les permite por el derecho o por concesión legítima.
p.2 Cualquier presbítero puede impartir bendiciones, exceptuadas aquellas que se reservan al Romano Pontífice o a los Obispos.p.3 El diácono sólo puede impartir aquellas bendiciones que se le permiten expresamente en el derecho.
EL DIACONADO EN EL CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO
CODEX IURIS CANONICI (CIC)
CIC 89
El párroco y los demás presbíteros o los diáconos pueden dispensar de la ley universal y particular tan sólo si esta potestad les ha sido concedida expresamenteCIC 276
p.1 Los clérigos, en su propia conducta, están obligados a buscar la santidad por una razón peculiar, ya que, consagrados a Dios por un nuevo título en la recepción del orden, son administradores de los misterios del Señor en servicio de su pueblo.
p.2 Para poder alcanzar esta perfección:
1º. cumplan ante todo, fiel e incansablemente, las tareas del ministerio pastoral;
2º. alimenten su vida espiritual en la doble mesa de la sagrada Escritura y de la Eucaristía; por eso, se invita encarecidamente a los sacerdotes a que ofrezcan cada día el sacrificio eucarístico, y a los diáconos, a que participen diariamente en la misma oblación;
3º. los sacerdotes, y los diáconos que desean recibir el presbiterado, tienen obligación de celebrar todos los días la liturgia de las horas según sus libros litúrgicos propios y aprobados; y los diáconos permanentes han de rezar aquella parte que determine la Conferencia Episcopal;
4º. están igualmente obligados a asistir a los retiros espirituales, según las prescripciones del derecho particular;
5º. se les insta a que hagan todos los días oración mental, accedan frecuentemente al sacramento de la penitencia, tengan peculiar veneración a la Virgen Madre de Dios y practiquen otros medios de santificación tanto comunes como particulares.
CIC 290
Una vez recibida válidamente la ordenación sagrada, nunca se anula. Sin embargo, un clérigo pierde el estado clerical:
1º.por sentencia judicial o decreto administrativo, en los que se declare la invalidez de la sagrada ordenación;
2º. por la pena de dimisión legítimamente impuesta;
3º. por rescripto de la Sede Apostólica, que solamente se concede, por la Sede Apostólica, a los diáconos, cuando existen causas graves; a los presbíteros, por causas gravísimas.
CIC 294
Con el fin de promover una conveniente distribución de los presbíteros o de llevar a cabo peculiares obras pastorales o misionales en favor de varias regiones o diversos grupos sociales, la Sede Apostólica, oídas las Conferencias Episcopales interesadas, puede erigir prelaturas personales que consten de presbíteros y diáconos del clero secular.
CIC 517.2
Si, por escasez de sacerdotes, el Obispo diocesano considera que ha de encomendarse una participación en el ejercicio de la cura pastoral de la parroquia a un diácono o a otra persona que no tiene el carácter sacerdotal, o a una comunidad, designará a un sacerdote que, dotado de las potestades propias del párroco, dirija la actividad pastoral.
CIC 519
El párroco es el pastor propio de la parroquia que se le confía, y ejerce la cura pastoral de la comunidad que le está encomendada bajo la autoridad del Obispo diocesano, en cuyo ministerio de Cristo ha sido llamado a participar, para que en esa misma comunidad cumpla las funciones de enseñar, santificar y regir, con la cooperación también de otros presbíteros o diáconos, y con la ayuda de fieles laicos, conforme a la norma del derecho.
CIC 764
Quedando a salvo lo que prescribe el can. 765, los presbíteros y los diáconos tienen la facultad de predicar en todas partes, que han de ejercer con el consentimiento al menos presunto del rector de la iglesia, a no ser que esta facultad les haya sido restringida o quitada por el Ordinario competente, o que por ley particular se requiera licencia expresa.
CIC 767 p.1
Entre las formas de predicación destaca la homilía, que es parte de la misma liturgia y está reservada al sacerdote o al diácono; a lo largo del año litúrgico, expónganse en ella, comentando el texto sagrado, los misterios de la fe y las normas de vida cristiana.
CIC 835 p.3
En la celebración del culto divino los diáconos actúan según las disposiciones del derecho.
CIC 861 p.1
Quedando en vigor lo que prescribe el can. 530, n. 1, es ministro ordinario del bautismo el Obispo, el presbítero y el diácono
CIC 907
En la celebración eucarística no se permite a los diáconos ni a los laicos decir las oraciones, sobre todo la plegaria eucarística, ni realizar aquellas acciones que son propias del sacerdote celebrante.
CIC 910 p.1
Son ministros ordinarios de la sagrada comunión el Obispo, el presbítero y el diácono.
CIC 929
Al celebrar y administrar la Eucaristía, los sacerdotes y los diáconos deben vestir los ornamentos sagrados prescritos por las rúbricas.
CIC 930
p.1 El sacerdote enfermo o anciano, si no es capaz de estar de pie, puede celebrar sentado el Sacrificio eucarístico, observando siempre las leyes litúrgicas, pero no con asistencia de pueblo, a no ser con licencia del Ordinario del lugar.
p.2 El sacerdote ciego o que sufre otra enfermedad puede celebrar el Sacrificio eucarístico con cualquier texto de la Misa de entre los aprobados, y con asistencia, si el caso lo requiere, de otro sacerdote o diácono, o también de un laico convenientemente instruido, que le preste ayuda.
CIC 943 Es ministro de la exposición del santísimo Sacramento y de la bendición eucarística el sacerdote o el diácono; en circunstancias peculiares, sólo para la exposición y reserva, pero sin bendición, lo son el acólito, el ministro extraordinario de la sagrada comunión u otro encargado por el Ordinario del lugar, observando las prescripciones dictadas por el Obispo diocesano.
CIC 1008
Mediante el sacramento del orden, por institución divina, algunos de entre los fieles quedan constituidos ministros sagrados, al ser marcados con un carácter indeleble, y así son consagrados y destinados a apacentar el pueblo de Dios según el grado de cada uno, desempeñando en la persona de Cristo Cabeza las funciones de enseñar, santificar y regir.
CIC 1009
p.1 Los órdenes son el episcopado, el presbiterado y el diaconado.
p.2 Se confieren por la imposición de las manos y la oración consecratoria que los libros litúrgicos prescriben para cada grado
CIC 1016 Por lo que se refiere a la ordenación de diáconos de quienes deseen adscribirse al clero secular, es Obispo propio el de la diócesis en la que tiene domicilio el ordenado, o el de la diócesis a la cual ha decidido dedicarse; para la ordenación presbiteral de clérigos seculares, es el Obispo de la diócesis a la que el ordenando está incardinado por el diaconado
CIC 1025
p.1 Para la lícita ordenación de presbítero o de diácono se requiere que, tras realizar las pruebas que prescribe el derecho, el candidato reúna, a juicio del Obispo propio o del Superior mayor competente, las debidas cualidades, que no le afecte ninguna irregularidad o impedimento, y que haya cumplido los requisitos previos, a tenor de los cann. 1033–1039; es necesario, además, que se tengan los documentos indicados en el can. 1050, p.1, y que se haya efectuado el escrutinio prescrito en el can. 1051, p.2.
p.2 Se requiere también que, a juicio del mismo legítimo Superior, sea considerado útil para el ministerio de la Iglesia.
p.3 Al Obispo que ordena a un súbdito propio destinado al servicio de otra diócesis debe constarle que el ordenando quedará adscrito a esa diócesis.
CIC 1032
p.1 Los aspirantes al presbiterado sólo pueden ser promovidos al diaconado después de haber terminado el quinto año del ciclo de estudios filosóficos–teológicos.
p.2 Después de terminar los estudios, el diácono debe tomar parte en la cura pastoral, ejerciendo el orden diaconal, antes de recibir el presbiterado, durante un tiempo adecuado que habrá de determinar el Obispo o el Superior mayor competente.
p.3 El aspirante al diaconado permanente no debe recibir este orden sin haber cumplido el tiempo de su formación.
CIC 1034
p.1 Ningún aspirante al diaconado o al presbiterado debe recibir la ordenación de diácono o de presbítero sin haber sido admitido antes como candidato por la autoridad indicada en los cann. 1016 y 1019, con el rito litúrgico establecido, previa solicitud escrita y firmada de su puño y letra, que ha de ser aceptada también por escrito por la misma autoridad.
p.2 Este rito de admisión no es obligatorio para quien está incorporado por los votos a un instituto clerical.
CIC 1035
p.1 Antes de que alguien sea promovido al diaconado, tanto permanente como transitorio, es necesario que el candidato haya recibido y haya ejercido durante el tiempo conveniente los ministerios de lector y de acólito.
p.2 Entre el acolitado y el diaconado debe haber un espacio por lo menos de seis meses.
CIC 1036
Para poder recibir la ordenación de diácono o de presbítero, el candidato debe entregar al Obispo propio o al Superior mayor competente una declaración redactada y firmada de su puño y letra, en la que haga constar que va a recibir el orden espontánea y libremente, y que se dedicará de modo perpetuo al ministerio eclesiástico, al mismo tiempo que solicita ser admitido al orden que aspira recibir.
CIC 1037
El candidato al diaconado permanente que no esté casado y el candidato al presbiterado no deben ser admitidos al diaconado antes de que hayan asumido públicamente, ante Dios y ante la Iglesia, la obligación del celibato según la ceremonia prescrita, o haya emitido votos perpetuos en un instituto religioso.
CIC 1038
No puede prohibirse el ejercicio del orden recibido a un diácono que rehúse recibir el presbiterado, a no ser que esté afectado por un impedimento canónico o por otra causa grave que debe juzgar el Obispo diocesano o el Superior mayor competente.
CIC 1050 Para que alguien pueda acceder a las sagradas órdenes se requieren los siguientes documentos:
1º. el certificado de los estudios realizados a tenor del can. 1032;
2º. tratándose de la ordenación de presbíteros, el certificado de que han recibido el diaconado;
3º. tratándose de la ordenación de diáconos, el certificado de bautismo y de confirmación, así como de que han recibido los ministerios a los que se refiere el can. 1035; y asimismo el certificado de que han hecho la declaración prescrita en el can. 1036, y, si se trata de un casado que va a ser promovido al diaconado permanente, los certificados de matrimonio y de consentimiento de su mujer.
CIC 1108
p.1 Solamente son válidos aquellos matrimonios que se contraen ante el Ordinario del lugar o el párroco, o un sacerdote o diácono delegado por uno de ellos para que asistan, y ante dos testigos, de acuerdo con las reglas establecidas en los cánones que siguen, y quedando a salvo las excepciones de que se trata en los cann. 144, 1112 p.1, 1116 y 1127 PP 1 y 2.
p.2 Se entiende que asiste al matrimonio sólo aquel que, estando presente, pide la manifestación del consentimiento de los contrayentes y la recibe en nombre de la Iglesia.
CIC 1111
p.1 El Ordinario del lugar y el párroco, mientras desempeñan válidamente su oficio, pueden delegar a sacerdotes y a diáconos la facultad, incluso general, de asistir a los matrimonios dentro de los límites de su territorio.
p.2 Para que sea válida la delegación de la facultad de asistir a los matrimonios, debe otorgarse expresamente a personas determinadas; si se trata de una delegación especial, han de darse para un matrimonio determinado; y si se trata de una delegación general, debe concederse por escrito.
CIC 1112
p.1 Donde no haya sacerdotes ni diáconos, el Obispo diocesano, previo voto favorable de la Conferencia Episcopal y obtenida licencia de la Santa Sede, puede delegar a laicos para que asistan a los matrimonios.
p.2 Se debe elegir un laico idóneo, capaz de instruir a los contrayentes y apto para celebrar debidamente la liturgia matrimonial.
CIC 1116
p.1 Si no hay alguien que sea competente conforme al derecho para asistir al matrimonio, o no se puede acudir a él sin grave dificultad, quienes pretenden contraer verdadero matrimonio pueden hacerlo válida y lícitamente estando presentes sólo los testigos:
1º. en peligro de muerte;
2º. fuera de peligro de muerte, con tal de que se prevea prudentemente que esa situación va a prolongarse durante un mes.
p.2 En ambos casos, si hay otro sacerdote o diácono que pueda estar presente, ha de ser llamado y debe presenciar el matrimonio juntamente con los testigos, sin perjuicio de la validez del matrimonio sólo ante testigos.
CIC 1169
p.1 Pueden realizar válidamente consagraciones y dedicaciones quienes gozan del carácter episcopal, y también aquellos presbíteros a los que se les permite por el derecho o por concesión legítima.
p.2 Cualquier presbítero puede impartir bendiciones, exceptuadas aquellas que se reservan al Romano Pontífice o a los Obispos.p.3 El diácono sólo puede impartir aquellas bendiciones que se le permiten expresamente en el derecho.
jueves, 17 de julio de 2008
Las Esposas de los Diaconos Permanentes
Quiero compartir con todos este trabajo producto del 1er Congreso Latinoamericano del Diaconado Permanente, el cual me pareció interesante para todas las esposas de los aspirantes al Diaconado Permanente, les recomiendo que una vez lo lean lo compartan con sus esposas y si es posible escriban sus experiencias con todos los usuarios de este blog.
Las Esposas de los Díaconos
Características y sugerencias de acompañamiento
Características que debe poseer la esposa del diácono permanente
1. Imitadora de la Virgen María en el silencio, en la capacidad de saber escuchar, en la atención a las necesidades del prójimo, en la fortaleza, la prudencia y la sencillez, en la oración, en la virtud de la esperanza y en la fidelidad;
2. Paciente, comprensiva, tolerante, discreta, alegre, virtuosa, abierta al diálogo, modesta en el vestir;
3. Formada con una sólida base cristiana, dispuesta a seguir creciendo en la fe y en el conocimiento;
4. Capaz de dar testimonio de su vida cristiana y de ser coherente entre su pensamiento y su obrar;
5. Abierta y bien integrada a la comunidad;
6. Consciente de que la vocación y el ministerio diaconal de su esposo enriquece su vocación matrimonial;
7. Capaz de suplir la ausencia del esposo en el hogar y de ayudarlo a encontrar un equilibrio en la distribución de su tiempo entre la familia y el ministerio;
Sugerencias de acompañamiento del esposo en el ministerio
1. Compartir con él la oración, especialmente la Liturgia de las Horas, y alimentar una espiritualidad específicamente diaconal;
2. Trabajar, en la medida de sus posibilidades y conocimientos, en pastorales tales como la matrimonial, la familiar, la catequística, la educativa, la carcelaria, de la salud...
3. Ayudar a su esposo a preparar conferencias, retiros, jornadas.
Otras sugerencias
1. Estar dispuestas a recibir una adecuada formación espiritual y doctrinal durante el tiempo de preparación al diaconado de su esposo.
2. Continuar esa formación de modo permanente después que su esposo sea ordenado.
3. Tomar conciencia que su rol será el de ser esposa de diácono y no el de "diaconisa".
4. Contar con un director espiritual.
5. Participar de la actividad pastoral del esposo.
6. Invitar a los hijos del diácono a participar de actividades parroquiales, diocesanas y nacionales.
7. Organizar convivencias a las que sean invitados todos los miembros de la familia del diácono.
8. Alentar a la comunidad cristiana para que facilite la integración a la misma de los miembros de la familia del diácono.
9. Favorecer la participación de los diáconos y sus esposas en retiros espirituales.
Las Esposas de los Díaconos
Características y sugerencias de acompañamiento
Características que debe poseer la esposa del diácono permanente
1. Imitadora de la Virgen María en el silencio, en la capacidad de saber escuchar, en la atención a las necesidades del prójimo, en la fortaleza, la prudencia y la sencillez, en la oración, en la virtud de la esperanza y en la fidelidad;
2. Paciente, comprensiva, tolerante, discreta, alegre, virtuosa, abierta al diálogo, modesta en el vestir;
3. Formada con una sólida base cristiana, dispuesta a seguir creciendo en la fe y en el conocimiento;
4. Capaz de dar testimonio de su vida cristiana y de ser coherente entre su pensamiento y su obrar;
5. Abierta y bien integrada a la comunidad;
6. Consciente de que la vocación y el ministerio diaconal de su esposo enriquece su vocación matrimonial;
7. Capaz de suplir la ausencia del esposo en el hogar y de ayudarlo a encontrar un equilibrio en la distribución de su tiempo entre la familia y el ministerio;
Sugerencias de acompañamiento del esposo en el ministerio
1. Compartir con él la oración, especialmente la Liturgia de las Horas, y alimentar una espiritualidad específicamente diaconal;
2. Trabajar, en la medida de sus posibilidades y conocimientos, en pastorales tales como la matrimonial, la familiar, la catequística, la educativa, la carcelaria, de la salud...
3. Ayudar a su esposo a preparar conferencias, retiros, jornadas.
Otras sugerencias
1. Estar dispuestas a recibir una adecuada formación espiritual y doctrinal durante el tiempo de preparación al diaconado de su esposo.
2. Continuar esa formación de modo permanente después que su esposo sea ordenado.
3. Tomar conciencia que su rol será el de ser esposa de diácono y no el de "diaconisa".
4. Contar con un director espiritual.
5. Participar de la actividad pastoral del esposo.
6. Invitar a los hijos del diácono a participar de actividades parroquiales, diocesanas y nacionales.
7. Organizar convivencias a las que sean invitados todos los miembros de la familia del diácono.
8. Alentar a la comunidad cristiana para que facilite la integración a la misma de los miembros de la familia del diácono.
9. Favorecer la participación de los diáconos y sus esposas en retiros espirituales.
sábado, 21 de junio de 2008
EL CONCILIO PLENARIO VENEZOLANO Y EL DIACONADO PERMANENTE

El 12 de julio de 1996, los obispos de Venezuela tomaron la decisión de convocar un Concilio Plenario, para celebrar de esta manera el V Centenario de la Evangelización de Venezuela.
Desde el año 2000 hasta el año 2005 se realizaron seis sesiones de trabajo las cuales dieron como fruto de este esfuerzo los 16 Documentos Conciliares que se ofrecen a los miembros de la Iglesia y a todos los venezolanos, los cuales fueron solemnemente promulgados el 7 de octubre de 2006 junto a la clausura Concilio.
Se asumió como metodología para la elaboración de los esquemas el ver, juzgar y actuar. En el ver se hace un análisis pastoral de la realidad, subrayando los núcleos problemáticos; en el juzgar se ofrece una iluminación teológico-pastoral a partir de la Sagrada Escritura y del Magisterio de la Iglesia, tanto Universal como particular; y en el actuar, se identifican desafíos y se establecen orientaciones pastorales y normas conciliares.
En este breve resumen se tratará el tema del Diaconado Permanente el cual se denomina “Obispos, presbíteros y diáconos al servicio de una Iglesia en comunión”
VER: ANÁLISIS PASTORAL DE LA REALIDAD
Se realiza una breve reseña de la historia que comienza desde los inicios de la Evangelización en el año 1498 hasta la situación con la cual la Iglesia en Venezuela comienza el siglo XXI
14. A inicios del siglo XXI La Iglesia católica en Venezuela consta de treinta y siete iglesias particulares: nueve arquidiócesis, veintidós diócesis, un exarcado greco-melkita, cuatro vicariatos apostólicos y un ordinariato militar. Además de los pastores de estas Iglesias, hay mil doscientos diecinueve sacerdotes diocesanos, setecientos ochenta y dos sacerdotes religiosos y ciento cinco diáconos permanentes.
43. El diácono permanente, restaurado a partir del Concilio Vaticano II, ha rendido sus frutos en la Iglesia que peregrina en Venezuela; sin embargo, es poco conocido y no se ha promocionado suficientemente en el seno de algunas Iglesias particulares, donde los diáconos permanentes en la actualidad prestan los más variados y valiosos servicios.
45. Las experiencias y los resultados han sido desiguales. Algunas han sido positivas; otras, menos, en parte por las fallas de selección, discernimiento y formación de estos ministros, en parte porque algunos no provienen de una comunidad determinada, o bien por la insuficiente valoración de este ministerio.
46. La indefinición de campos pastorales, que algunas Iglesias particulares de Venezuela confían a los diáconos permanentes, ha sido la causa de que no se haya logrado una buena preparación y promoción. El diaconado, en ocasiones, es visto más como una promoción que como una vocación de servicios a la Iglesia. Muchas veces se le han asignado funciones más como administradores de sacramentos y menos como animador de la comunidad y servidor de la caridad.
47. El candidato al diaconado permanente inicia su formación con una experiencia adquirida en su vida familiar, laboral y del quehacer diario; lo que le permite comprender estas situaciones y, así, realizar mejor su apostolado. No siempre se aprovecha esta experiencia como valor y apoyo a la pastoral.
48. En algunos casos se observa, lamentablemente, una separación entre el apostolado que el diácono realiza y su vida ordinaria, evidenciándose una ruptura entre lo que vive y lo que predica.
49. La experiencia positiva están siendo alentadora y están despertando en algunos sectores del Pueblo de Dios una mayor atención hacia la vocación diaconal, su promoción y acompañamiento. Vale la pena mencionar la experiencia reciente de diáconos indígenas que anuncian el Evangelio a sus propias culturas y en sus mismas lenguas. Este Concilio alienta este despertar, impulsando la formación de diáconos permanentes, porque abre vías insospechadas de evangelización inculturada.
50. Si bien algunas diócesis han realizado importantes esfuerzos por proporcionar una formación teológico-pastoral a los diáconos permanentes, en general ésta no es continua ni suficiente para la labor que se les confía en la comunidad.
JUZGAR: ILUMINACIÓN TEOLÓGICA-PASTORAL
101. El modelo diaconal por excelencia es Cristo siervo, que vivió totalmente dedicado al servicio de Dios, por le bien delos hombres. El se reconoció profetizado en el Siervo de Yahvé ( Lc 4,18-19) definió expresamente su acción como diaconía (Lc 22.27) y mandó a sus discípulos hacer otro tanto (Mc 10.43; Jn 13.15). La dimensión del servicio y la espiritualidad consiguiente es una realidad que comprometa a toda la Iglesia, en cuanto que toda la Iglesia, a semejanza de María, es la sierva del Señor (Lc 1.28), al servicio de la salvación del mundo.
102. El diácono permanente encuentra en Cristo Siervo el modelo del propio ministerio. En efecto, por la sagrada ordenación, es constituido en la Iglesia icono vivo de Cristo siervo a quien sigue e imita. El motor de su vida espiritual es la oración y el servicio; su santidad consistirá en hacerse servidor generoso y fiel de Dios y de los hombres, especialmente de los más pobres y de los que sufren; su compromiso ascético se orientará a adquirir aquellas virtudes que requiere el ejercicio de su ministerio.
103. El ministerio del diacono se concentra en tres servicios: ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad. Así participa, como todos los ministros ordenados, del triple ministerio de Cristo. El diácono es maestro, en cuanto proclama e ilustra la Palabra de Dios; es santificador, en cuanto administra el sacramento del Bautismo, participa en la celebración de la Santa Misa, conserva y distribuye la Eucaristía, y oficia en los sacramentos; es guía, en cuanto animador de la comunidad o de diversos sectores de la vida eclesial.
104. El diácono permanente ejercita la diaconía de la caridad, en comunión con el obispo y con los presbíteros. Configurado con Cristo Siervo, el cual representa, está sobre todo dedicado a los oficios de caridad y de administración. Con el ejemplo y la palabra, se esmera en que todos los fieles, siguiendo el modelo de Cristo, se pongan en constante servicio a los hermanos. Las obras de caridad, diocesanas o parroquiales, que están entre los primeros deberes del obispo y de los presbíteros, son por éstos, según el testimonio de la Tradición de la Iglesia, transmitidas a los diáconos; así como el servicio de caridad en el área de educación cristiana; la animación de oratorios, de los grupos eclesiales juveniles y de las profesiones laicales; la promoción de la vida de cada una de sus fases y la transformación del mundo según el orden cristiano en las diferentes situaciones de la vida. Ellos, por tanto, buscan servir a todos sin discriminaciones, prestando particular atención a los que más sufren y a los pecadores.
105. Como ministros de Cristo y de la Iglesia, superan cualquier ideología e interés particular, para no privar a la misión de la Iglesia de su fuerza, que es la caridad de Cristo. La diaconía, de hecho, debe hacer experimentar al hombre el amor de Dios e inducirlo a la conversión, a abrir su corazón a la gracia.
106. El diácono permanente, por su condición de ministro ordenado, inserto en su comunidad y conocedor de su cultura, tiene un amplio campo de servicios, especialmente en las zonas rurales alejadas, en las comunidades indígenas y en las grandes áreas urbanas densamente pobladas, donde se hace difícil la presencia continua de otros ministros ordenados.
107. El diácono, por su trabajo en el mundo, se encuentra desarrollando una diaconía ligada a espacios no necesariamente vinculados a la vida eclesial(Hch 6 2-6). Este ambiente de trabajo forma parte de su labor apostólica( Ts 3,8b-9) y no debe ser obviado al momento de evaluar su vida de servicio.
108. Con la doble sacramentalidad, la del matrimonio y la del orden, los diáconos participan con sus esposas e hijos en la diaconía. La experiencia de trabajo y su papel de padres y esposos, los constituyen en apóstoles de su propia familia y en colaboradores muy cualificados para abordar diversas realidades urgentes en las Iglesias particulares. Es necesaria una formación sistemática que relacione el servicio con la experiencia de su familia. Si ésta falla, el servicio se verá afectado.
109. El diácono nutre su espiritualidad de la oración y de su servicio. Asume la vida familiar, el trabajo y el compromiso social como medios de santificación.
ACTUAR: DESAFÍOS, ORIENTACIONES PASTORALES Y NORMAS CONCILIARES
Desafíos:
Desafío 1: Promover entre los ministros ordenados una profunda experiencia de Dios que alimente el seguimiento e imitación de Cristo Buen Pastor
Desafío 2: Fomentar una mayor vivencia de la comunidad.
Desafío 3: Impulsar la Nueva Evangelización viviendo el ministerio ordenado desde la perspectiva de la caridad pastoral.
Desafío 4: Avivar el carisma recibido por los ministros ordenados a través de una sólida formación permanente.
Desafío 5: Promover el diaconado permanente,
Orientaciones Pastorales:
138. La Iglesia en Venezuela definirá, con mayor claridad y unidad de criterios, los campos que quiere confiar a los diáconos permanentes.
139. Los obispos ordenarán diáconos permanentes después de un previo discernimiento vocacional, comprobadas tanto la idoneidad y formación para este ministerio como la vinculación con la comunidad, y en razón de las necesidades de las diócesis.
140. Las diócesis crearán los espacios necesarios para que os diáconos colaboren en la animación de servicios pastorales, detectando y promoviendo líderes, y estimulando la corresponsabilidad de todos para una cultura de reconciliación y solidaridad.
141. La Conferencia Episcopal Venezolana creará o mejorará instancias para la adecuada formación de diáconos permanentes, según normas precisas dictadas al respecto.
142. Las Iglesias particulares promoverán un mayor conocimiento de lo que significa el diaconado permanente.
143. Las Iglesias particulares impulsarán la dimensión misionera de los diáconos permanentes, tomando en cuenta tanto las propias necesidades como las de otras Iglesias.
144. Los obispos y sacerdotes acompañarán a los diáconos permanentes en su proceso formativo y de santificación y en el ejercicio de su ministerio, integrándolos activamente en la vida pastoral y fraterna.
145. Los diáconos permanentes, desde su formación inicial y continua, mantendrán el equilibrio con respecto al tiempo que le dedican a su familia, a su trabajo y a su ministerio.
146. Los diáconos casados darán testimonio de la Iglesia doméstica siendo ejemplos vivos de la unidad y amor familiar en sus hogares, comunidades, trabajos y ministerios.
147. Cada Iglesia particular con poblaciones indígenas adaptará a sus culturas el plan de formación para el diaconado aprobado por la CEV.
Normas Conciliares
149. cada diócesis, en su plan pastoral, elaborará un proyecto de formación integral permanente de sus ministros ordenados que, entre otras actividades, incluya ejercicios espirituales, días de retiro o de espiritualidad, encuentros de estudio o de reflexión teológica en común, cursos de actualización pastoral.
Desde el año 2000 hasta el año 2005 se realizaron seis sesiones de trabajo las cuales dieron como fruto de este esfuerzo los 16 Documentos Conciliares que se ofrecen a los miembros de la Iglesia y a todos los venezolanos, los cuales fueron solemnemente promulgados el 7 de octubre de 2006 junto a la clausura Concilio.
Se asumió como metodología para la elaboración de los esquemas el ver, juzgar y actuar. En el ver se hace un análisis pastoral de la realidad, subrayando los núcleos problemáticos; en el juzgar se ofrece una iluminación teológico-pastoral a partir de la Sagrada Escritura y del Magisterio de la Iglesia, tanto Universal como particular; y en el actuar, se identifican desafíos y se establecen orientaciones pastorales y normas conciliares.
En este breve resumen se tratará el tema del Diaconado Permanente el cual se denomina “Obispos, presbíteros y diáconos al servicio de una Iglesia en comunión”
VER: ANÁLISIS PASTORAL DE LA REALIDAD
Se realiza una breve reseña de la historia que comienza desde los inicios de la Evangelización en el año 1498 hasta la situación con la cual la Iglesia en Venezuela comienza el siglo XXI
14. A inicios del siglo XXI La Iglesia católica en Venezuela consta de treinta y siete iglesias particulares: nueve arquidiócesis, veintidós diócesis, un exarcado greco-melkita, cuatro vicariatos apostólicos y un ordinariato militar. Además de los pastores de estas Iglesias, hay mil doscientos diecinueve sacerdotes diocesanos, setecientos ochenta y dos sacerdotes religiosos y ciento cinco diáconos permanentes.
43. El diácono permanente, restaurado a partir del Concilio Vaticano II, ha rendido sus frutos en la Iglesia que peregrina en Venezuela; sin embargo, es poco conocido y no se ha promocionado suficientemente en el seno de algunas Iglesias particulares, donde los diáconos permanentes en la actualidad prestan los más variados y valiosos servicios.
45. Las experiencias y los resultados han sido desiguales. Algunas han sido positivas; otras, menos, en parte por las fallas de selección, discernimiento y formación de estos ministros, en parte porque algunos no provienen de una comunidad determinada, o bien por la insuficiente valoración de este ministerio.
46. La indefinición de campos pastorales, que algunas Iglesias particulares de Venezuela confían a los diáconos permanentes, ha sido la causa de que no se haya logrado una buena preparación y promoción. El diaconado, en ocasiones, es visto más como una promoción que como una vocación de servicios a la Iglesia. Muchas veces se le han asignado funciones más como administradores de sacramentos y menos como animador de la comunidad y servidor de la caridad.
47. El candidato al diaconado permanente inicia su formación con una experiencia adquirida en su vida familiar, laboral y del quehacer diario; lo que le permite comprender estas situaciones y, así, realizar mejor su apostolado. No siempre se aprovecha esta experiencia como valor y apoyo a la pastoral.
48. En algunos casos se observa, lamentablemente, una separación entre el apostolado que el diácono realiza y su vida ordinaria, evidenciándose una ruptura entre lo que vive y lo que predica.
49. La experiencia positiva están siendo alentadora y están despertando en algunos sectores del Pueblo de Dios una mayor atención hacia la vocación diaconal, su promoción y acompañamiento. Vale la pena mencionar la experiencia reciente de diáconos indígenas que anuncian el Evangelio a sus propias culturas y en sus mismas lenguas. Este Concilio alienta este despertar, impulsando la formación de diáconos permanentes, porque abre vías insospechadas de evangelización inculturada.
50. Si bien algunas diócesis han realizado importantes esfuerzos por proporcionar una formación teológico-pastoral a los diáconos permanentes, en general ésta no es continua ni suficiente para la labor que se les confía en la comunidad.
JUZGAR: ILUMINACIÓN TEOLÓGICA-PASTORAL
101. El modelo diaconal por excelencia es Cristo siervo, que vivió totalmente dedicado al servicio de Dios, por le bien delos hombres. El se reconoció profetizado en el Siervo de Yahvé ( Lc 4,18-19) definió expresamente su acción como diaconía (Lc 22.27) y mandó a sus discípulos hacer otro tanto (Mc 10.43; Jn 13.15). La dimensión del servicio y la espiritualidad consiguiente es una realidad que comprometa a toda la Iglesia, en cuanto que toda la Iglesia, a semejanza de María, es la sierva del Señor (Lc 1.28), al servicio de la salvación del mundo.
102. El diácono permanente encuentra en Cristo Siervo el modelo del propio ministerio. En efecto, por la sagrada ordenación, es constituido en la Iglesia icono vivo de Cristo siervo a quien sigue e imita. El motor de su vida espiritual es la oración y el servicio; su santidad consistirá en hacerse servidor generoso y fiel de Dios y de los hombres, especialmente de los más pobres y de los que sufren; su compromiso ascético se orientará a adquirir aquellas virtudes que requiere el ejercicio de su ministerio.
103. El ministerio del diacono se concentra en tres servicios: ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad. Así participa, como todos los ministros ordenados, del triple ministerio de Cristo. El diácono es maestro, en cuanto proclama e ilustra la Palabra de Dios; es santificador, en cuanto administra el sacramento del Bautismo, participa en la celebración de la Santa Misa, conserva y distribuye la Eucaristía, y oficia en los sacramentos; es guía, en cuanto animador de la comunidad o de diversos sectores de la vida eclesial.
104. El diácono permanente ejercita la diaconía de la caridad, en comunión con el obispo y con los presbíteros. Configurado con Cristo Siervo, el cual representa, está sobre todo dedicado a los oficios de caridad y de administración. Con el ejemplo y la palabra, se esmera en que todos los fieles, siguiendo el modelo de Cristo, se pongan en constante servicio a los hermanos. Las obras de caridad, diocesanas o parroquiales, que están entre los primeros deberes del obispo y de los presbíteros, son por éstos, según el testimonio de la Tradición de la Iglesia, transmitidas a los diáconos; así como el servicio de caridad en el área de educación cristiana; la animación de oratorios, de los grupos eclesiales juveniles y de las profesiones laicales; la promoción de la vida de cada una de sus fases y la transformación del mundo según el orden cristiano en las diferentes situaciones de la vida. Ellos, por tanto, buscan servir a todos sin discriminaciones, prestando particular atención a los que más sufren y a los pecadores.
105. Como ministros de Cristo y de la Iglesia, superan cualquier ideología e interés particular, para no privar a la misión de la Iglesia de su fuerza, que es la caridad de Cristo. La diaconía, de hecho, debe hacer experimentar al hombre el amor de Dios e inducirlo a la conversión, a abrir su corazón a la gracia.
106. El diácono permanente, por su condición de ministro ordenado, inserto en su comunidad y conocedor de su cultura, tiene un amplio campo de servicios, especialmente en las zonas rurales alejadas, en las comunidades indígenas y en las grandes áreas urbanas densamente pobladas, donde se hace difícil la presencia continua de otros ministros ordenados.
107. El diácono, por su trabajo en el mundo, se encuentra desarrollando una diaconía ligada a espacios no necesariamente vinculados a la vida eclesial(Hch 6 2-6). Este ambiente de trabajo forma parte de su labor apostólica( Ts 3,8b-9) y no debe ser obviado al momento de evaluar su vida de servicio.
108. Con la doble sacramentalidad, la del matrimonio y la del orden, los diáconos participan con sus esposas e hijos en la diaconía. La experiencia de trabajo y su papel de padres y esposos, los constituyen en apóstoles de su propia familia y en colaboradores muy cualificados para abordar diversas realidades urgentes en las Iglesias particulares. Es necesaria una formación sistemática que relacione el servicio con la experiencia de su familia. Si ésta falla, el servicio se verá afectado.
109. El diácono nutre su espiritualidad de la oración y de su servicio. Asume la vida familiar, el trabajo y el compromiso social como medios de santificación.
ACTUAR: DESAFÍOS, ORIENTACIONES PASTORALES Y NORMAS CONCILIARES
Desafíos:
Desafío 1: Promover entre los ministros ordenados una profunda experiencia de Dios que alimente el seguimiento e imitación de Cristo Buen Pastor
Desafío 2: Fomentar una mayor vivencia de la comunidad.
Desafío 3: Impulsar la Nueva Evangelización viviendo el ministerio ordenado desde la perspectiva de la caridad pastoral.
Desafío 4: Avivar el carisma recibido por los ministros ordenados a través de una sólida formación permanente.
Desafío 5: Promover el diaconado permanente,
Orientaciones Pastorales:
138. La Iglesia en Venezuela definirá, con mayor claridad y unidad de criterios, los campos que quiere confiar a los diáconos permanentes.
139. Los obispos ordenarán diáconos permanentes después de un previo discernimiento vocacional, comprobadas tanto la idoneidad y formación para este ministerio como la vinculación con la comunidad, y en razón de las necesidades de las diócesis.
140. Las diócesis crearán los espacios necesarios para que os diáconos colaboren en la animación de servicios pastorales, detectando y promoviendo líderes, y estimulando la corresponsabilidad de todos para una cultura de reconciliación y solidaridad.
141. La Conferencia Episcopal Venezolana creará o mejorará instancias para la adecuada formación de diáconos permanentes, según normas precisas dictadas al respecto.
142. Las Iglesias particulares promoverán un mayor conocimiento de lo que significa el diaconado permanente.
143. Las Iglesias particulares impulsarán la dimensión misionera de los diáconos permanentes, tomando en cuenta tanto las propias necesidades como las de otras Iglesias.
144. Los obispos y sacerdotes acompañarán a los diáconos permanentes en su proceso formativo y de santificación y en el ejercicio de su ministerio, integrándolos activamente en la vida pastoral y fraterna.
145. Los diáconos permanentes, desde su formación inicial y continua, mantendrán el equilibrio con respecto al tiempo que le dedican a su familia, a su trabajo y a su ministerio.
146. Los diáconos casados darán testimonio de la Iglesia doméstica siendo ejemplos vivos de la unidad y amor familiar en sus hogares, comunidades, trabajos y ministerios.
147. Cada Iglesia particular con poblaciones indígenas adaptará a sus culturas el plan de formación para el diaconado aprobado por la CEV.
Normas Conciliares
149. cada diócesis, en su plan pastoral, elaborará un proyecto de formación integral permanente de sus ministros ordenados que, entre otras actividades, incluya ejercicios espirituales, días de retiro o de espiritualidad, encuentros de estudio o de reflexión teológica en común, cursos de actualización pastoral.
martes, 5 de febrero de 2008
ORACION DEL DIACONO PERMANENTE
ORACIÓN DEL DIÁCONO PERMANENTE
Dios y Padre Nuestro,
Fortalece con la gracia del Espíritu Santo
A todos los Diáconos de tu Iglesia,
para que desempeñen con alegría,
fidelidad y en espíritu de comunión eclesial
su ministerio pastoral,
siguiendo los pasos de tu Hijo Jesucristo,
"que no vino a ser servido, sino a servir y
dar su vida en redención de la humanidad" (Mc. 10, 45).
Te pedimos por las familias de los diáconos casados,
para que sean auténticas "Iglesias domésticas",
según el ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret,
y de ella surjan vocaciones sacerdotales y religiosas.
¡Virgen María, Madre de la Iglesia
y Reina de los Apóstoles,
ruega por los ministros del Señor!
¡San Lorenzo, diácono y mártir,
ruega por los diáconos servidores del pueblo de Dios!
Amén
Dios y Padre Nuestro,
Fortalece con la gracia del Espíritu Santo
A todos los Diáconos de tu Iglesia,
para que desempeñen con alegría,
fidelidad y en espíritu de comunión eclesial
su ministerio pastoral,
siguiendo los pasos de tu Hijo Jesucristo,
"que no vino a ser servido, sino a servir y
dar su vida en redención de la humanidad" (Mc. 10, 45).
Te pedimos por las familias de los diáconos casados,
para que sean auténticas "Iglesias domésticas",
según el ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret,
y de ella surjan vocaciones sacerdotales y religiosas.
¡Virgen María, Madre de la Iglesia
y Reina de los Apóstoles,
ruega por los ministros del Señor!
¡San Lorenzo, diácono y mártir,
ruega por los diáconos servidores del pueblo de Dios!
Amén
miércoles, 3 de octubre de 2007
Las dimensiones de la formación
1. Formación humana
66. La formación humana tiene por fin modelar la personalidad de los sagrados ministros de manera que sirvan de « puente y no de obstáculo a los demás en el encuentro con Jesucristo Redentor del hombre ».
(77) Por tanto, deben ser educados para adquirir y perfeccionar una serie de cualidades humanas que les permitan ganarse la confianza de la comunidad, ejercer con serenidad el servicio pastoral y facilitar el encuentro y el diálogo. Análogamente a cuanto la Pastores dabo vobis señala para la formación de los sacerdotes, también los candidatos al diaconado deberán ser educados « a amar la verdad, la lealtad, el respeto a la persona, el sentido de la justicia, la fidelidad a la palabra dada, la verdadera compasión, la coherencia y, en particular, al equilibrio de juicio y de comportamiento ».
(78) 67. De particular importancia para los diáconos, llamados a ser hombres de comunión y de servicio, es la capacidad para relacionarse con los demás. Esto exige que sean afables, hospitalarios, sinceros en sus palabras y en su corazón, prudentes y discretos, generosos y disponibles para el servicio, capaces de ofrecer personalmente y de suscitar en todos relaciones leales y fraternas, dispuestos a comprender, perdonar y consolar.
(79) Un candidato que fuese excesivamente encerrado en sí mismo, huraño e incapaz de mantener relaciones normales y serenas con los demás, debería hacer una profunda conversión antes de poder encaminarse decididamente por la vía del servicio ministerial.
68. En la base de la capacidad de relación con los demás está la madurez afectiva, que deben alcanzar con un amplio margen de seguridad tanto el candidato célibe como el casado. Dicha madurez supone en ambos tipos de candidatos el descubrimiento de la centralidad del amor en la propia existencia y la lucha victoriosa sobre el propio egoísmo. En realidad, como escribe el Papa Juan Pablo II en la Encíclica Redemptor hominis « el hombre no puede vivir sin amor. El permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente ».
(80) Se trata de un amor, dice el Papa en la Pastores dabo vobis, que compromete a toda la persona, a nivel físico, psíquico y espiritual y que exige, por tanto, pleno dominio de la sexualidad, que debe ser verdadera y plenamente personal.
(81) Para los candidatos célibes, vivir el amor significa ofrecer la totalidad del propio ser, de las propias energías y de la propia solicitud a Jesucristo y a la Iglesia. Es una vocación comprometedora, que debe tener en cuenta las inclinaciones de la afectividad y los impulsos del instinto, y que, por tanto, necesita de renuncia y de vigilancia, de oración y de fidelidad a una regla de vida bien precisa. Una ayuda decisiva puede venir de la existencia de verdaderas amistades, que representan una valiosa ayuda y un providencial apoyo para vivir la propia vocación.
(82) Para los candidatos casados, vivir el amor significa entregarse a sí mismo a la propia esposa, en una pertenencia recíproca, con un vínculo total, fiel e indisoluble, a imagen del amor de Cristo a su Iglesia; significa al mismo tiempo acoger a los hijos, amarlos y educarlos, e irradiar la comunión familiar a toda la Iglesia y a toda la sociedad. Es una vocación puesta hoy a dura prueba por la preocupante degradación de algunos valores fundamentales y por la exaltación del hedonismo y de un falso concepto de libertad. Para ser vivida en su plenitud, la vocación a la vida familiar debe ser alimentada por la oración, por la liturgia y por el diario ofrecimiento de sí mismo.
(83) 69. Condición para una verdadera madurez humana es la formación para una libertad que se presenta como obediencia a la verdad del propio ser. « Entendida así, la libertad exige que la persona sea verdaderamente dueña de sí misma, decidida a combatir y superar las diversas formas de egoísmo e individualismo que acechan a la vida de cada uno, dispuesta a abrirse a los demás, generosa en la entrega y en el servicio del prójimo ».
(84) La formación para la libertad incluye también la educación de la conciencia moral, que prepara a escuchar la voz de Dios en lo profundo del corazón y a adherirse firmemente a su voluntad. 70. Estos múltiples aspectos de la madurez humana —cualidades humanas, capacidad para relacionarse, madurez afectiva, formación para la libertad y educación de la conciencia moral— deberán tomarse en consideración teniendo en cuenta la edad y la formación que ya poseen los candidatos y ser planificados con programas personalizados. El director para la formación y el tutor intervendrán en la parte que les compete; el director espiritual no dejará de tomar en consideración estos aspectos y comprobarlos en los coloquios de dirección espiritual. Son útiles, también, encuentros y conferencias que ayuden a la revisión personal y motiven a alcanzar la madurez. La vida comunitaria —aunque organizada de diversas formas— constituirá un ambiente privilegiado para el examen y la corrección fraterna. En los casos en que a juicio de los formadores fuese necesario, se podrá recurrir, con el consentimiento de los interesados, a una consulta sicológica.
2. Formación espiritual
71. La formación humana se abre y se completa en la formación espiritual, que constituye el corazón y el centro unificador de toda formación cristiana. Su fin es promover el desarrollo de la nueva vida recibida en el Bautismo. Cuando un candidato inicia el itinerario de formación diaconal, generalmente ya ha vivido una cierta experiencia de vida espiritual como, por ejemplo, el reconocimiento de la acción del Espíritu, la escucha y meditación de la Palabra de Dios, el gusto por la oración, el compromiso de servir a los hermanos, la disposición al sacrificio, el sentido de Iglesia, el celo apostólico. Además, según su estado de vida, posee ya una espiritualidad bien precisa: familiar, de consagración en el mundo o en la vida religiosa. La formación espiritual del futuro diácono, por tanto, no podrá ignorar esta experiencia adquirida, pero deberá verificarla y reforzarla, para insertar en ella los rasgos específicos de la espiritualidad diaconal.
72. El elemento que caracteriza particularmente la espiritualidad diaconal es el descubrimiento y la vivencia del amor de Cristo siervo, que vino no para ser servido, sino para servir. Por tanto, se ayudará al candidato a que adquiera aquellas actitudes que, aunque no en forma exclusiva, son específicamente diaconales, como la sencillez de corazón, la donación total y gratuita de sí mismo, el amor humilde y servicial para con los hermanos, sobre todo para con los más pobres, enfermos y necesitados, la elección de un estilo de vida de participación y de pobreza. María, la sierva del Señor, esté presente en este camino y sea invocada con el rezo diario del Rosario, como madre y auxiliadora.
73. La fuente de esta nueva capacidad de amor es la Eucaristía que, no casualmente, caracteriza el ministerio del diácono. El servicio a los pobres es la prolongación lógica del servicio al altar. Se invitará, por tanto, al candidato a participar diariamente, o al menos con frecuencia, dentro de sus obligaciones familiares y profesionales, en la celebración eucarística, y se le ayudará a que profundice cada vez más el misterio. En el ámbito de esta espiritualidad eucarística procúrese valorar adecuadamente el sacramento de la Penitencia.
74. Otro elemento que distingue la espiritualidad diaconal es la Palabra de Dios, de la que el diácono está llamado a ser mensajero cualificado, creyendo lo que proclama, enseñando lo que cree, viviendo lo que enseña.
(85) El candidato deberá, por tanto, aprender a conocer la Palabra de Dios cada vez más profundamente y a buscar en ella el alimento constante de su vida espiritual, mediante el estudio detenido y amoroso y la práctica diaria de la lectio divina.
75. No deberá faltar, además, la introducción a la oración de la Iglesia. Orar, en efecto, en nombre de la Iglesia y por la Iglesia forma parte del ministerio del diácono. Esto exige una reflexión sobre la originalidad de la oración cristiana, y sobre el sentido de la Liturgia de las Horas, pero, sobre todo, la iniciación práctica en ella. A tal fin, es importante que en todos los encuentros entre los futuros diáconos se reserve un tiempo consagrado a esta oración.
76. El diácono, en fin, encarna el carisma del servicio como participación en el ministerio eclesiástico. Esto tiene repercusiones importantes para su vida espiritual, que deberá caracterizarse por las notas de la obediencia y de la comunión fraterna. Una auténtica formación para la obediencia, lejos de perjudicar los dones recibidos con la gracia de la ordenación, garantizará al impulso apostólico la autenticidad eclesial. La comunión con los hermanos ordenados, presbíteros y diáconos es, a su vez, un bálsamo que sostiene y estimula la generosidad en el ministerio. El candidato deberá, por lo tanto, ser formado en el sentido de pertenencia al cuerpo de los ministros ordenados, en la colaboración fraterna con ellos y en la condivisión espiritual.
77. Medios para esta formación son los retiros mensuales y los ejercicios espirituales anuales; las instrucciones programadas según un plan orgánico y progresivo, que tenga en cuenta las diversas etapas de la formación; el acompañamiento espiritual, que debe poder ser asiduo. Misión particular del director espiritual es ayudar al candidato a discernir los signos de su vocación, a vivir en una actitud de conversión continua, a adquirir los rasgos propios de la espiritualidad diaconal, alimentándose en los escritos de la espiritualidad clásica y de los santos, y a realizar una síntesis armónica entre el estado de vida, la profesión y el ministerio.
78. Provéase, además, para que las esposas de los candidatos casados crezcan en el conocimiento de la vocación del marido y de su propia misión junto a él. Para ello, invíteselas a participar regularmente en los encuentros de formación espiritual. Igualmente se procurará llevar a cabo iniciativas apropiadas para sensibilizar a los hijos al ministerio diaconal.
3. Formación doctrinal
79. La formación intelectual es una dimensión necesaria de la formación diaconal, en cuanto ofrece al diácono un alimento substancioso para su vida espiritual, y un precioso instrumento para su ministerio. Ella es particularmente urgente hoy ante el desafío de la nueva evangelización a la que está llamada la Iglesia en este difícil cambio de milenio. La indiferencia religiosa, la confusión de los valores, la pérdida de convergencias éticas, el pluralismo cultural, exigen que aquellos que están comprometidos en el ministerio ordenado posean una formación amplia y profunda. En la Carta circular de 1969 Come è a conoscenza la Congregación para la Educación Católica invitaba a las Conferencias Episcopales a que elaborasen un programa de formación doctrinal para los candidatos al diaconado que tuviera en cuenta las diferentes situaciones personales y eclesiales, y que excluyera al mismo tiempo, absolutamente « una preparación apresurada o superficial, porque las tareas de los diáconos, según lo establecido en la Constitución Lumen gentium (n. 29) y en el Motu propio (n. 22),(86) son de tal importancia que exigen una formación sólida y eficiente ».
80. Dicha formación se ha de organizar según los siguientes criterios: a) la necesidad de que el diácono sea capaz de dar razón de su fe y adquiera una fuerte conciencia eclesial; b) la preocupación de que sea formado para los deberes específicos de su ministerio; c) la importancia de que adquiera la capacidad para enjuiciar las situaciones, y para realizar una adecuada inculturación del Evangelio; d) la utilidad de que conozca técnicas de comunicación y de animación de reuniones, como también de que sepa expresarse en público y de que esté en condiciones de guiar y aconsejar.
81. Teniendo en cuenta los anteriores criterios, los contenidos que se deberán tener en consideración son: (87) a) la introducción a la Sagrada Escritura y a su correcta interpretación; la teología del Antiguo y del Nuevo Testamentos; la interrelación entre Escritura y Tradición; el uso de la Escritura en la predicación, en la catequesis y, en general, en la actividad pastoral; b) la iniciación al estudio de los Padres de la Iglesia, y a un primer contacto con la historia de la Iglesia; c) la teología fundamental, con el conocimiento de las fuentes, de los temas y de los métodos de la teología, la exposición de las cuestiones relativas a la Revelación y el planteamiento de la relación entre fe y razón, que prepara a los futuros diáconos para explicar la racionalidad de la fe; d) la teología dogmática, con sus diversos apartados: trinitaria, creación, cristología, eclesiología y ecumenismo, mariología, antropología cristiana, sacramentos (especialmente la teología del ministerio ordenado), escatología; e) la moral cristiana, en sus dimensiones personales y sociales y, en particular, la doctrina social de la Iglesia; f) la teología espiritual; g) la liturgia; h) el derecho canónico. Según las situaciones y las necesidades, el programa de estudios se completará con otras materias como el estudio de las otras religiones, el conjunto de las cuestiones filosóficas, la profundización de ciertos problemas económicos y políticos.(88)
82. Para la formación teológica aprovéchense, donde sea posible, los Institutos de ciencias religiosas ya existentes u otros Institutos de formación teológica. Donde sea necesario crear centros especiales para la formación teológica de los diáconos, hágase de tal modo que el número de horas de lecciones, impartidas a lo largo del trienio, no sea inferior a mil. Al menos los cursos fundamentales se concluirán con un examen, y el trienio con uno final complexivo.
83. Para acceder a este programa de formación debe exigirse una formación básica previa, cuya amplitud dependerá del nivel cultural del País.
84. Los candidatos deben estar dispuestos a continuar su formación aún después de la ordenación. A tal fin, anímeseles a formar una pequeña biblioteca personal de orientación teológico-pastoral y a seguir los programas de formación permanente. 4. Formación pastoral
85. En sentido amplio, la formación pastoral coincide con la espiritual: es la formación para la identificación cada vez más plena con la diaconía de Cristo. Tal actitud debe presidir la articulación de la diversas dimensiones formativas, integrándolas en la perspectiva de la vocación diaconal, que consiste en ser sacramento de Cristo, siervo del Padre. En sentido estricto, la formación pastoral se realiza con el estudio de una disciplina teológica específica, y con un tirocinio práctico.
86. La disciplina teológica se llama teología pastoral. Esta es « una reflexión científica sobre la Iglesia en su vida diaria, con la fuerza del Espíritu, a través de la historia; una reflexión sobre la Iglesia como « sacramento de salvación », como signo e instrumento vivo de la salvación de Jesucristo en la Palabra, en los Sacramentos y en el servicio de la caridad ».
(89) El fin de esta disciplina es, pues, el estudio de los principios, de los criterios y de los métodos que orientan la acción apostólico-misionera de la Iglesia en la historia. La teología pastoral programada para los diáconos prestará especial atención a los campos eminentemente diaconales, como: a) la praxis litúrgica: administración de los sacramentos y de los sacramentales, el servicio del altar; b) la proclamación de la Palabra en los varios contextos del servicio ministerial: kerigma, catequesis, preparación a los sacramentos, homilía; c) el compromiso de la Iglesia por la justicia social y la caridad; d) la vida de la comunidad, en particular, la animación de agrupaciones familiares, pequeñas comunidades, grupos, movimientos, etc. También serán útiles ciertos conocimientos técnicos, que preparen a los candidatos para actividades ministeriales específicas, como la sicología, la homilética, el canto sagrado, la administración eclesiástica, la informática, etc.(90)
87. En concomitancia (y posiblemente en conexión) con la enseñanza de la teología pastoral se debe prever para cada candidato un tirocinio práctico, que le permita conocer sobre el terreno cuanto ha aprendido en el estudio. Dicho tirocinio debe ser gradual, variado y evaluado continuamente. En la elección de las actividades ténganse en cuenta los ministerios conferidos, y evalúese su ejercicio. Cuídese de que los candidatos se integren activamente en la actividad pastoral diocesana, y de que tengan periódicos intercambios de experiencias con los diáconos ya comprometidos en el ministerio activo. 88. Además, se ha de procurar que los futuros diáconos adquieran una fuerte sensibilidad misionera. En efecto, también ellos, como los presbíteros, reciben con la sagrada ordenación un don espiritual que los dispone para una misión universal, hasta los extremos de la tierra (cf. He 1, 8).
(91) Ayúdeseles, pues, a adquirir una viva conciencia de esta su identidad misionera, y prepáreseles para hacerse cargo del anuncio de la verdad también a los no cristianos, especialmente a sus conciudadanos. Pero tampoco falte la perspectiva de la misión ad gentes, si las circunstancias lo requiriesen y permitieran.
CONCLUSIÓN
89. La Didascalia Apostolorum recomienda a los diáconos de los primeros siglos: « Como nuestro Salvador y Maestro ha dicho en el Evangelio: aquel que quiera ser grande entre vosotros, sea vuestro siervo, como el Hijo del Hombre que no ha venido a que le sirvan sino para servir y dar su vida para el rescate de muchos, vosotros, diáconos, debéis hacer lo mismo, aunque esto comporte el dar la vida por vuestros hermanos, por el servicio que debéis cumplir ».
(92) Es ésta una invitación actualísima también para aquellos que hoy se sienten llamados al diaconado, que los cuestiona para prepararse con gran empeño a su futuro ministerio. 90. Las Conferencias Episcopales y los Ordinarios de todo el mundo, a quienes va dirigido este documento, procuren hacerlo objeto de atenta reflexión en comunión con sus sacerdotes y sus comunidades. Será un importante punto de referencia para las Iglesias en las que el diaconado permanente es una realidad viva y efectiva; y para las demás una invitación eficaz a apreciar el servicio diaconal como un precioso don del Espíritu Santo. El Sumo Pontífice Juan Pablo II ha aprobado y ordenado publicar esta « Ratio fundamentalis institutionis diaconorum permanentium ». Roma, desde el Palacio de las Congregaciones, 22 de febrero, fiesta de la Cátedra de San Pedro, de 1998. Pio Card. Laghi Prefecto José Saraiva Martins Arz. tit. de Tubúrnica Secretario
(77) Cf. Ibidem, cann. 290-293. (78) Conc. Ecum. Vat. II, Cost. dogm. Lumen Gentium, 29. (79) Juan Pablo II, Alocución (16 marzo 1985), n. 2: Enseñanzas, VIII, 1 (1985), 649; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium, 29; C.I.C., can. 1008. (80) Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, Directorio para la aplicación de los Principios y Normas sobre el Ecumenismo (25 marzo 1993), 70: l.c., p. 1069; cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio (28 mayo 1992), AAS 85 (1993), pp. 838 ss. (81) Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, Directorio para la aplicación de los Principios y Normas sobre el Ecumenismo (25 marzo 1993), 71: AAS 85 (1993), 1068. (82) Pontificale Romanum - De ordinatione Episcopi, Presbyterorum et Diaconorum, n. 210. Ed. typica altera, 1990: «Cree lo que lees, enseña lo que crees, y practica lo que enseñas». (83) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen Gentium, 29. «Toca también a los diáconos servir al Pueblo de Dios en el ministerio de la Palabra en comunión con el obispo y con su presbiterio» (C.I.C., can. 757); «En la predicación, los diáconos participan en el ministerio de los sacerdotes» (Juan Pablo II, Alocución a los Sacerdotes, Diáconos, Religiosos y Seminaristas en la Basílica del Oratorio de S. José - Montreal, Canada [11 de septiembre de 1984, n. 9: AAS 77 [1983], p. 396). (84) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, n. 4. (85) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, 25; Congregación para la Educación Católica, Carta circ. Come è a conoscenza; C.I.C., can. 760. (86) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 25a; Const. dogm. Dei verbum, 10a. (87) Cf. C.I.C., can. 753. (88) Ibidem, can. 760. (89) Cf. Ibidem, can 769. (90) Cf. Institutio Generalis Missalis Romani, n. 61; Missale Romanum, Ordo Lectionis Missae Praenotanda, n. 8, 24 y 50: ed. typica altera, 1981. (91) Cf. C.I.C., can. 764. (92) Cf. Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, nn. 45-47; l.c. 43-48.
66. La formación humana tiene por fin modelar la personalidad de los sagrados ministros de manera que sirvan de « puente y no de obstáculo a los demás en el encuentro con Jesucristo Redentor del hombre ».
(77) Por tanto, deben ser educados para adquirir y perfeccionar una serie de cualidades humanas que les permitan ganarse la confianza de la comunidad, ejercer con serenidad el servicio pastoral y facilitar el encuentro y el diálogo. Análogamente a cuanto la Pastores dabo vobis señala para la formación de los sacerdotes, también los candidatos al diaconado deberán ser educados « a amar la verdad, la lealtad, el respeto a la persona, el sentido de la justicia, la fidelidad a la palabra dada, la verdadera compasión, la coherencia y, en particular, al equilibrio de juicio y de comportamiento ».
(78) 67. De particular importancia para los diáconos, llamados a ser hombres de comunión y de servicio, es la capacidad para relacionarse con los demás. Esto exige que sean afables, hospitalarios, sinceros en sus palabras y en su corazón, prudentes y discretos, generosos y disponibles para el servicio, capaces de ofrecer personalmente y de suscitar en todos relaciones leales y fraternas, dispuestos a comprender, perdonar y consolar.
(79) Un candidato que fuese excesivamente encerrado en sí mismo, huraño e incapaz de mantener relaciones normales y serenas con los demás, debería hacer una profunda conversión antes de poder encaminarse decididamente por la vía del servicio ministerial.
68. En la base de la capacidad de relación con los demás está la madurez afectiva, que deben alcanzar con un amplio margen de seguridad tanto el candidato célibe como el casado. Dicha madurez supone en ambos tipos de candidatos el descubrimiento de la centralidad del amor en la propia existencia y la lucha victoriosa sobre el propio egoísmo. En realidad, como escribe el Papa Juan Pablo II en la Encíclica Redemptor hominis « el hombre no puede vivir sin amor. El permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente ».
(80) Se trata de un amor, dice el Papa en la Pastores dabo vobis, que compromete a toda la persona, a nivel físico, psíquico y espiritual y que exige, por tanto, pleno dominio de la sexualidad, que debe ser verdadera y plenamente personal.
(81) Para los candidatos célibes, vivir el amor significa ofrecer la totalidad del propio ser, de las propias energías y de la propia solicitud a Jesucristo y a la Iglesia. Es una vocación comprometedora, que debe tener en cuenta las inclinaciones de la afectividad y los impulsos del instinto, y que, por tanto, necesita de renuncia y de vigilancia, de oración y de fidelidad a una regla de vida bien precisa. Una ayuda decisiva puede venir de la existencia de verdaderas amistades, que representan una valiosa ayuda y un providencial apoyo para vivir la propia vocación.
(82) Para los candidatos casados, vivir el amor significa entregarse a sí mismo a la propia esposa, en una pertenencia recíproca, con un vínculo total, fiel e indisoluble, a imagen del amor de Cristo a su Iglesia; significa al mismo tiempo acoger a los hijos, amarlos y educarlos, e irradiar la comunión familiar a toda la Iglesia y a toda la sociedad. Es una vocación puesta hoy a dura prueba por la preocupante degradación de algunos valores fundamentales y por la exaltación del hedonismo y de un falso concepto de libertad. Para ser vivida en su plenitud, la vocación a la vida familiar debe ser alimentada por la oración, por la liturgia y por el diario ofrecimiento de sí mismo.
(83) 69. Condición para una verdadera madurez humana es la formación para una libertad que se presenta como obediencia a la verdad del propio ser. « Entendida así, la libertad exige que la persona sea verdaderamente dueña de sí misma, decidida a combatir y superar las diversas formas de egoísmo e individualismo que acechan a la vida de cada uno, dispuesta a abrirse a los demás, generosa en la entrega y en el servicio del prójimo ».
(84) La formación para la libertad incluye también la educación de la conciencia moral, que prepara a escuchar la voz de Dios en lo profundo del corazón y a adherirse firmemente a su voluntad. 70. Estos múltiples aspectos de la madurez humana —cualidades humanas, capacidad para relacionarse, madurez afectiva, formación para la libertad y educación de la conciencia moral— deberán tomarse en consideración teniendo en cuenta la edad y la formación que ya poseen los candidatos y ser planificados con programas personalizados. El director para la formación y el tutor intervendrán en la parte que les compete; el director espiritual no dejará de tomar en consideración estos aspectos y comprobarlos en los coloquios de dirección espiritual. Son útiles, también, encuentros y conferencias que ayuden a la revisión personal y motiven a alcanzar la madurez. La vida comunitaria —aunque organizada de diversas formas— constituirá un ambiente privilegiado para el examen y la corrección fraterna. En los casos en que a juicio de los formadores fuese necesario, se podrá recurrir, con el consentimiento de los interesados, a una consulta sicológica.
2. Formación espiritual
71. La formación humana se abre y se completa en la formación espiritual, que constituye el corazón y el centro unificador de toda formación cristiana. Su fin es promover el desarrollo de la nueva vida recibida en el Bautismo. Cuando un candidato inicia el itinerario de formación diaconal, generalmente ya ha vivido una cierta experiencia de vida espiritual como, por ejemplo, el reconocimiento de la acción del Espíritu, la escucha y meditación de la Palabra de Dios, el gusto por la oración, el compromiso de servir a los hermanos, la disposición al sacrificio, el sentido de Iglesia, el celo apostólico. Además, según su estado de vida, posee ya una espiritualidad bien precisa: familiar, de consagración en el mundo o en la vida religiosa. La formación espiritual del futuro diácono, por tanto, no podrá ignorar esta experiencia adquirida, pero deberá verificarla y reforzarla, para insertar en ella los rasgos específicos de la espiritualidad diaconal.
72. El elemento que caracteriza particularmente la espiritualidad diaconal es el descubrimiento y la vivencia del amor de Cristo siervo, que vino no para ser servido, sino para servir. Por tanto, se ayudará al candidato a que adquiera aquellas actitudes que, aunque no en forma exclusiva, son específicamente diaconales, como la sencillez de corazón, la donación total y gratuita de sí mismo, el amor humilde y servicial para con los hermanos, sobre todo para con los más pobres, enfermos y necesitados, la elección de un estilo de vida de participación y de pobreza. María, la sierva del Señor, esté presente en este camino y sea invocada con el rezo diario del Rosario, como madre y auxiliadora.
73. La fuente de esta nueva capacidad de amor es la Eucaristía que, no casualmente, caracteriza el ministerio del diácono. El servicio a los pobres es la prolongación lógica del servicio al altar. Se invitará, por tanto, al candidato a participar diariamente, o al menos con frecuencia, dentro de sus obligaciones familiares y profesionales, en la celebración eucarística, y se le ayudará a que profundice cada vez más el misterio. En el ámbito de esta espiritualidad eucarística procúrese valorar adecuadamente el sacramento de la Penitencia.
74. Otro elemento que distingue la espiritualidad diaconal es la Palabra de Dios, de la que el diácono está llamado a ser mensajero cualificado, creyendo lo que proclama, enseñando lo que cree, viviendo lo que enseña.
(85) El candidato deberá, por tanto, aprender a conocer la Palabra de Dios cada vez más profundamente y a buscar en ella el alimento constante de su vida espiritual, mediante el estudio detenido y amoroso y la práctica diaria de la lectio divina.
75. No deberá faltar, además, la introducción a la oración de la Iglesia. Orar, en efecto, en nombre de la Iglesia y por la Iglesia forma parte del ministerio del diácono. Esto exige una reflexión sobre la originalidad de la oración cristiana, y sobre el sentido de la Liturgia de las Horas, pero, sobre todo, la iniciación práctica en ella. A tal fin, es importante que en todos los encuentros entre los futuros diáconos se reserve un tiempo consagrado a esta oración.
76. El diácono, en fin, encarna el carisma del servicio como participación en el ministerio eclesiástico. Esto tiene repercusiones importantes para su vida espiritual, que deberá caracterizarse por las notas de la obediencia y de la comunión fraterna. Una auténtica formación para la obediencia, lejos de perjudicar los dones recibidos con la gracia de la ordenación, garantizará al impulso apostólico la autenticidad eclesial. La comunión con los hermanos ordenados, presbíteros y diáconos es, a su vez, un bálsamo que sostiene y estimula la generosidad en el ministerio. El candidato deberá, por lo tanto, ser formado en el sentido de pertenencia al cuerpo de los ministros ordenados, en la colaboración fraterna con ellos y en la condivisión espiritual.
77. Medios para esta formación son los retiros mensuales y los ejercicios espirituales anuales; las instrucciones programadas según un plan orgánico y progresivo, que tenga en cuenta las diversas etapas de la formación; el acompañamiento espiritual, que debe poder ser asiduo. Misión particular del director espiritual es ayudar al candidato a discernir los signos de su vocación, a vivir en una actitud de conversión continua, a adquirir los rasgos propios de la espiritualidad diaconal, alimentándose en los escritos de la espiritualidad clásica y de los santos, y a realizar una síntesis armónica entre el estado de vida, la profesión y el ministerio.
78. Provéase, además, para que las esposas de los candidatos casados crezcan en el conocimiento de la vocación del marido y de su propia misión junto a él. Para ello, invíteselas a participar regularmente en los encuentros de formación espiritual. Igualmente se procurará llevar a cabo iniciativas apropiadas para sensibilizar a los hijos al ministerio diaconal.
3. Formación doctrinal
79. La formación intelectual es una dimensión necesaria de la formación diaconal, en cuanto ofrece al diácono un alimento substancioso para su vida espiritual, y un precioso instrumento para su ministerio. Ella es particularmente urgente hoy ante el desafío de la nueva evangelización a la que está llamada la Iglesia en este difícil cambio de milenio. La indiferencia religiosa, la confusión de los valores, la pérdida de convergencias éticas, el pluralismo cultural, exigen que aquellos que están comprometidos en el ministerio ordenado posean una formación amplia y profunda. En la Carta circular de 1969 Come è a conoscenza la Congregación para la Educación Católica invitaba a las Conferencias Episcopales a que elaborasen un programa de formación doctrinal para los candidatos al diaconado que tuviera en cuenta las diferentes situaciones personales y eclesiales, y que excluyera al mismo tiempo, absolutamente « una preparación apresurada o superficial, porque las tareas de los diáconos, según lo establecido en la Constitución Lumen gentium (n. 29) y en el Motu propio (n. 22),(86) son de tal importancia que exigen una formación sólida y eficiente ».
80. Dicha formación se ha de organizar según los siguientes criterios: a) la necesidad de que el diácono sea capaz de dar razón de su fe y adquiera una fuerte conciencia eclesial; b) la preocupación de que sea formado para los deberes específicos de su ministerio; c) la importancia de que adquiera la capacidad para enjuiciar las situaciones, y para realizar una adecuada inculturación del Evangelio; d) la utilidad de que conozca técnicas de comunicación y de animación de reuniones, como también de que sepa expresarse en público y de que esté en condiciones de guiar y aconsejar.
81. Teniendo en cuenta los anteriores criterios, los contenidos que se deberán tener en consideración son: (87) a) la introducción a la Sagrada Escritura y a su correcta interpretación; la teología del Antiguo y del Nuevo Testamentos; la interrelación entre Escritura y Tradición; el uso de la Escritura en la predicación, en la catequesis y, en general, en la actividad pastoral; b) la iniciación al estudio de los Padres de la Iglesia, y a un primer contacto con la historia de la Iglesia; c) la teología fundamental, con el conocimiento de las fuentes, de los temas y de los métodos de la teología, la exposición de las cuestiones relativas a la Revelación y el planteamiento de la relación entre fe y razón, que prepara a los futuros diáconos para explicar la racionalidad de la fe; d) la teología dogmática, con sus diversos apartados: trinitaria, creación, cristología, eclesiología y ecumenismo, mariología, antropología cristiana, sacramentos (especialmente la teología del ministerio ordenado), escatología; e) la moral cristiana, en sus dimensiones personales y sociales y, en particular, la doctrina social de la Iglesia; f) la teología espiritual; g) la liturgia; h) el derecho canónico. Según las situaciones y las necesidades, el programa de estudios se completará con otras materias como el estudio de las otras religiones, el conjunto de las cuestiones filosóficas, la profundización de ciertos problemas económicos y políticos.(88)
82. Para la formación teológica aprovéchense, donde sea posible, los Institutos de ciencias religiosas ya existentes u otros Institutos de formación teológica. Donde sea necesario crear centros especiales para la formación teológica de los diáconos, hágase de tal modo que el número de horas de lecciones, impartidas a lo largo del trienio, no sea inferior a mil. Al menos los cursos fundamentales se concluirán con un examen, y el trienio con uno final complexivo.
83. Para acceder a este programa de formación debe exigirse una formación básica previa, cuya amplitud dependerá del nivel cultural del País.
84. Los candidatos deben estar dispuestos a continuar su formación aún después de la ordenación. A tal fin, anímeseles a formar una pequeña biblioteca personal de orientación teológico-pastoral y a seguir los programas de formación permanente. 4. Formación pastoral
85. En sentido amplio, la formación pastoral coincide con la espiritual: es la formación para la identificación cada vez más plena con la diaconía de Cristo. Tal actitud debe presidir la articulación de la diversas dimensiones formativas, integrándolas en la perspectiva de la vocación diaconal, que consiste en ser sacramento de Cristo, siervo del Padre. En sentido estricto, la formación pastoral se realiza con el estudio de una disciplina teológica específica, y con un tirocinio práctico.
86. La disciplina teológica se llama teología pastoral. Esta es « una reflexión científica sobre la Iglesia en su vida diaria, con la fuerza del Espíritu, a través de la historia; una reflexión sobre la Iglesia como « sacramento de salvación », como signo e instrumento vivo de la salvación de Jesucristo en la Palabra, en los Sacramentos y en el servicio de la caridad ».
(89) El fin de esta disciplina es, pues, el estudio de los principios, de los criterios y de los métodos que orientan la acción apostólico-misionera de la Iglesia en la historia. La teología pastoral programada para los diáconos prestará especial atención a los campos eminentemente diaconales, como: a) la praxis litúrgica: administración de los sacramentos y de los sacramentales, el servicio del altar; b) la proclamación de la Palabra en los varios contextos del servicio ministerial: kerigma, catequesis, preparación a los sacramentos, homilía; c) el compromiso de la Iglesia por la justicia social y la caridad; d) la vida de la comunidad, en particular, la animación de agrupaciones familiares, pequeñas comunidades, grupos, movimientos, etc. También serán útiles ciertos conocimientos técnicos, que preparen a los candidatos para actividades ministeriales específicas, como la sicología, la homilética, el canto sagrado, la administración eclesiástica, la informática, etc.(90)
87. En concomitancia (y posiblemente en conexión) con la enseñanza de la teología pastoral se debe prever para cada candidato un tirocinio práctico, que le permita conocer sobre el terreno cuanto ha aprendido en el estudio. Dicho tirocinio debe ser gradual, variado y evaluado continuamente. En la elección de las actividades ténganse en cuenta los ministerios conferidos, y evalúese su ejercicio. Cuídese de que los candidatos se integren activamente en la actividad pastoral diocesana, y de que tengan periódicos intercambios de experiencias con los diáconos ya comprometidos en el ministerio activo. 88. Además, se ha de procurar que los futuros diáconos adquieran una fuerte sensibilidad misionera. En efecto, también ellos, como los presbíteros, reciben con la sagrada ordenación un don espiritual que los dispone para una misión universal, hasta los extremos de la tierra (cf. He 1, 8).
(91) Ayúdeseles, pues, a adquirir una viva conciencia de esta su identidad misionera, y prepáreseles para hacerse cargo del anuncio de la verdad también a los no cristianos, especialmente a sus conciudadanos. Pero tampoco falte la perspectiva de la misión ad gentes, si las circunstancias lo requiriesen y permitieran.
CONCLUSIÓN
89. La Didascalia Apostolorum recomienda a los diáconos de los primeros siglos: « Como nuestro Salvador y Maestro ha dicho en el Evangelio: aquel que quiera ser grande entre vosotros, sea vuestro siervo, como el Hijo del Hombre que no ha venido a que le sirvan sino para servir y dar su vida para el rescate de muchos, vosotros, diáconos, debéis hacer lo mismo, aunque esto comporte el dar la vida por vuestros hermanos, por el servicio que debéis cumplir ».
(92) Es ésta una invitación actualísima también para aquellos que hoy se sienten llamados al diaconado, que los cuestiona para prepararse con gran empeño a su futuro ministerio. 90. Las Conferencias Episcopales y los Ordinarios de todo el mundo, a quienes va dirigido este documento, procuren hacerlo objeto de atenta reflexión en comunión con sus sacerdotes y sus comunidades. Será un importante punto de referencia para las Iglesias en las que el diaconado permanente es una realidad viva y efectiva; y para las demás una invitación eficaz a apreciar el servicio diaconal como un precioso don del Espíritu Santo. El Sumo Pontífice Juan Pablo II ha aprobado y ordenado publicar esta « Ratio fundamentalis institutionis diaconorum permanentium ». Roma, desde el Palacio de las Congregaciones, 22 de febrero, fiesta de la Cátedra de San Pedro, de 1998. Pio Card. Laghi Prefecto José Saraiva Martins Arz. tit. de Tubúrnica Secretario
(77) Cf. Ibidem, cann. 290-293. (78) Conc. Ecum. Vat. II, Cost. dogm. Lumen Gentium, 29. (79) Juan Pablo II, Alocución (16 marzo 1985), n. 2: Enseñanzas, VIII, 1 (1985), 649; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium, 29; C.I.C., can. 1008. (80) Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, Directorio para la aplicación de los Principios y Normas sobre el Ecumenismo (25 marzo 1993), 70: l.c., p. 1069; cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio (28 mayo 1992), AAS 85 (1993), pp. 838 ss. (81) Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, Directorio para la aplicación de los Principios y Normas sobre el Ecumenismo (25 marzo 1993), 71: AAS 85 (1993), 1068. (82) Pontificale Romanum - De ordinatione Episcopi, Presbyterorum et Diaconorum, n. 210. Ed. typica altera, 1990: «Cree lo que lees, enseña lo que crees, y practica lo que enseñas». (83) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen Gentium, 29. «Toca también a los diáconos servir al Pueblo de Dios en el ministerio de la Palabra en comunión con el obispo y con su presbiterio» (C.I.C., can. 757); «En la predicación, los diáconos participan en el ministerio de los sacerdotes» (Juan Pablo II, Alocución a los Sacerdotes, Diáconos, Religiosos y Seminaristas en la Basílica del Oratorio de S. José - Montreal, Canada [11 de septiembre de 1984, n. 9: AAS 77 [1983], p. 396). (84) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, n. 4. (85) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, 25; Congregación para la Educación Católica, Carta circ. Come è a conoscenza; C.I.C., can. 760. (86) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 25a; Const. dogm. Dei verbum, 10a. (87) Cf. C.I.C., can. 753. (88) Ibidem, can. 760. (89) Cf. Ibidem, can 769. (90) Cf. Institutio Generalis Missalis Romani, n. 61; Missale Romanum, Ordo Lectionis Missae Praenotanda, n. 8, 24 y 50: ed. typica altera, 1981. (91) Cf. C.I.C., can. 764. (92) Cf. Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, nn. 45-47; l.c. 43-48.
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